Estaba sola en la casa en aquella tarde lluviosa
pensándote, deseándote, anhelando una caricia tuya,
una de esas miradas que me atraviesan y desnudan;
cuando de repente, escuché tus pasos,
los guiaste hasta mi.
Te vi, me tocaste y el sentimiento, las ganas y energía se apoderaron de mi...
Te besé y comenzamos ese recorrido por las arenas movedizas del deseo,
subí, baje, entre, salí, bordee tu piel por cada rincón,
mordí, lamí, los senderos a tu sexo
y así, me perdí en ti.
Ladeaste mis montañas,
marcaste con tus uñas tu vehemencia,
y entraste a mi Sur, explotando de placer en la habitación.
¡Grité, gritaste, gemí, me torcí y volé por el espacio!
Renacimos en el otro,
redescubrimos nuestra esencia,
y fundimos el metal de nuestra unión.
Soy un ave libre que decidió morar en ti...
D.C.
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